¿Desunidos podemos?

Miguel Candel, Opinión, Opinión de miembros de AIRE
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Artículo de Miguel Candel publicado en El Papel.

Cuando uno ha militado durante 40 años en un partido de corte leninista, no puede por menos de horrorizarse ante la banalización de ciertas ideas (discutibles, pero respetables) del viejo Vladímir Ilich Uliánov, perpetrada por sedicentes herederos suyos.

El derecho de autodeterminación de los pueblos… y aldeas

Empecemos por el manido uso y abuso de la noción conocida como «derecho de autodeterminación» (en los documentos de las Naciones Unidas, «derecho de libre determinación») de los pueblos, a cuya invocación recurren al unísono presuntos leninistas y convictos secesionistas cuyo bagaje teórico sobre el tema se reduce a cinco céntimos (de peseta, no de euro) de citas de Lenin, hábilmente descontextualizadas y abstraídas de toda circunstancia de lugar y tiempo. Si en lugar de eso se hubieran molestado en leer muestras más amplias de las ideas de dicho autor sobre el asunto, se habrían encontrado con textos como:

«A las querellas nacionales que libran entre ellos los diferentes partidos burgueses por cuestiones de lengua, etc., la democracia obrera opone la reivindicación siguiente: unidad absoluta y fusión total de los obreros de todas las nacionalidades en todas las organizaciones obreras sindicales, cooperativas, de consumo, de educación y otras, contrariamente a lo que predican todos los nacionalistas burgueses. Sólo una unidad así y una fusión semejante pueden salvaguardar la democracia, salvaguardar los intereses de los obreros contra el capital ―el cual se ha hecho ya, y cada día más, internacional―, salvaguardar, en definitiva, los intereses de la humanidad en evolución hacia un modo de vida nuevo, ajeno a todo tipo de privilegio y de explotación.» (Sobre el derecho de las naciones a disponer de sí mismas, publicado en la revista Prosvéchtchénié, nº 10 de 1913).

Pero es que además Lenin vivió una época en que aproximadamente la mitad de la población mundial vivía bajo regímenes coloniales, abiertos o encubiertos, o sometida a autocracias como la zarista (eso sin contar las grandes limitaciones de los que entonces se consideraban regímenes «democráticos»). Lo cual, obviamente, situaba en primer plano la «libre determinación» en el camino hacia la emancipación de la humanidad frente a toda forma de opresión.

El panorama posterior a la Segunda Guerra Mundial y al gran movimiento descolonizador generado a partir de ella es bien diferente del existente en 1913, o incluso en 1918. Ya sólo por eso deberían darse cuenta esos presuntos leninistas reduccionistas de lo anacrónico de sus planteamientos. Pero, por desgracia, es un hecho ampliamente constatado por la psicología que resulta más confortable persistir en el error que reconocerlo (y, no digamos ya, corregirlo). Sobre todo si ese error es funcional para promover determinados intereses. Y esos intereses, en el caso que nos ocupa, no son otros que el mantenimiento y ampliación de privilegios (económicos, políticos, etc.) para los habitantes de determinados territorios. No por igual para todos esos habitantes, desde luego, sino fundamentalmente para sus élites. Los casos del País Vasco y Cataluña son paradigmáticos. Por eso resulta patético que quienes no pertenecen a la élite social y económica defiendan, como es el caso, semejantes intereses. (Salvo, claro está, que se ganen la vida como paniaguados o palmeros a sueldo de esa élite).

Romper el «eslabón más débil»… y romperse, de paso, la crisma

Pero hay otra idea de Lenin (referida en su caso a la posición de la Rusia zarista dentro de la «cadena» o sistema económico mundial) a la que, todavía con más grotesco anacronismo, parecen recurrir los arriba mentados: España como «eslabón más débil» del sistema capitalista. No como simple (y discutible) constatación de un hecho, claro está, sino como punto de partida para, rompiendo ese eslabón, romper supuestamente el sistema entero. Si la ocurrencia no hiciera llorar, haría reír. Como risibles son esos leninistas (¿o sería más exacto decir «trotskistas»?) de pacotilla que creen que, mandando al carajo lo que ellos llaman «el Estado español», repitiendo a lo cutre la «gran jugada» que supuso hace mil años fragmentar el califato de Córdoba en débiles reinos de taifas (para regocijo de los reyes «cristianos» del Norte, que a partir de ahí se fueron comiendo Al-Ándalus trocito a trocito, aunque, eso sí, a lo largo de cinco largos siglos), reeditando en suma lo que se llamó en su día el «morbus gothicus», que hizo que la vieja Hispania romana viviera en el sobresalto y la inestabilidad permanentes bajo 33 reyes visigodos diferentes en el lapso de sólo dos siglos, le van a hacer cosquillas siquiera a Wall Street, la City, Frankfurt y Tokio, todo de una tacada.

Que la implosión de un Estado de la envergadura de España causaría importantes perturbaciones en la Unión Europea es más que probable, desde luego. Pero de ahí a creer que ello se iba a traducir en una crisis terminal del sistema capitalista como tal (ese sistema que vive, precisamente, de la continua generación y superación de crisis) es de una ingenuidad cósmico-galáctica. Aunque detrás de cada tropa de ingenuos hay un general que no lo es en absoluto. Generales a los que, como más de una vez ha señalado el gran historiador marxista Eric Hobsbawn, les va de perillas que los grandes Estados den paso a republiquetas o reinos de Liliput, mucho más dependientes (en su onírica independencia) y fáciles de poner al servicio de los intereses del capitalismo mundial.

No es, por ello, nada difícil, aplicando el viejo criterio romano «cui prodest ?» («¿a quién beneficia?») ver detrás de las fantasmadas plurinacionales y las ensoñaciones confederalistas o euro-regionalistas la larga mano de quienes, bajo apelaciones a una presunta Sociedad Abierta, trabajan precisamente para sus enemigos: los que no conocen más apertura ni libertad que la de mercado, libertad particular que la patente concentración oligopolística actual de la banca, entre otros sectores como el de las TIC y el llamado «e-comercio», demuestra que es el mecanismo más eficaz que existe para acabar con la libertad en general.

De modo que, mis nada queridos amigos, antes de intentar romper «eslabones débiles», calculad bien cuántas toneladas de cadena os van a caer encima. Cosa que no me importaría en absoluto si no fuera porque esa ruina es lo único que realmente lograríais «socializar».

Miguel Candel

 

Publidado en EL PAPEL

 

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