COMUNICADO SOBRE LA TENSIÓN OTAN-RUSIA EN TORNO A UCRANIA

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Más de treinta años después de la disolución del Pacto de Varsovia y de la misma Unión Soviética seguimos teniendo que aguantar las piruetas al borde del abismo de una supuesta organización defensiva, la OTAN, que algunos ingenuos pensaban que se disolvería juntamente con su adversaria. En efecto, a estas alturas del siglo XXI, cuando todavía no hemos despertado de la pesadilla de una pandemia que ha causado millones de muertos y de afectados con graves secuelas, además de una crisis económica que ha elevado a índices nunca vistos desde el pasado siglo la pobreza en el mundo, hemos de soportar vernos abocados a una conflagración de dimensiones apocalípticas por el empecinamiento de los gobernantes de ciertos Estados miembros de la OTAN de expandir sin límites esa organización militar, totalmente carente ya de sentido, como no sea el de alimentar una industria armamentista nostálgica, al parecer, del gran negocio que le supuso la Guerra Fría.

Como casi siempre que se quiere justificar una guerra, el primer paso consiste en acusar de agresor al futuro agredido. Como hicieron los EE.UU. en 1898 al declarar la guerra a España tomando como pretexto la explosión y hundimiento, el 15 de febrero de aquel año, de su acorazado Maine, fondeado en la bahía de La Habana (explosión que en modo alguno se debió, como se dijo entonces, al impacto de un torpedo español, sino, con toda seguridad, a un accidente interno). Como hizo la Alemania de Hitler en septiembre de 1939 simulando una violación polaca de la frontera común. Como nuevamente hicieron los Estados Unidos, en agosto de 1964, justificando el envío de tropas a Vietnam con el incidente del Golfo de Tonkin (la falsedad de cuya interpretación inicial como agresión norvietnamita ha quedado recientemente demostrada). O como en el caso de las famosas e inexistentes “armas de destrucción masiva” que sirvieron de pretexto a varios países occidentales para invadir por segunda vez Iraq. Ahora el pretexto es una supuesta invasión inminente de Ucrania por Rusia.

No todos los periodistas, por desgracia, anteponen su dignidad profesional y el respeto por la verdad a la conservación de su puesto de trabajo. Gracias a los que sí lo hacen, hemos recordado estos días cómo el difunto presidente de los EE.UU. George H. W. Bush dio y repitió, por su boca y la de su Secretario de Estado, James Baker, seguridades al todavía entonces presidente de la Unión Soviética, Mijaíl Gorbachov, de que la OTAN “no se movería ni una pulgada hacia el Este” cuando se produjera la retirada de las tropas soviéticas de Alemania Oriental y dicho país se reunificara. Pues bien, no contentos los líderes occidentales con expandir la OTAN hasta incluir en ella a Albania, Bulgaria, República Checa, Croacia, Estonia, Eslovaquia, Eslovenia, Hungría, Letonia, Lituania, Montenegro y Polonia (es decir, la totalidad, y algunos más, de los antiguos miembros del Pacto de Varsovia), pretenden ahora integrar en tan pía hermandad a la mismísima Ucrania, llevando bases aéreas y de misiles al corazón mismo del territorio de la antigua Unión Soviética.

No es éste el primer intento en tal sentido. En 2014 ya se planteó el asunto. El gobierno ucraniano de entonces, presidido por Viktor Yanukovich, se opuso y, cosa curiosa(?), inmediatamente se produjeron las revueltas conocidas por el nombre de la plaza de Kiev donde tuvieron su centro neurálgico: Maidán. Manifestaciones que contaron, entre otras ilustres presencias occidentales, con la de la mismísima Subsecretaria de Estado del gobierno estadounidense para asuntos europeos, Victoria Nuland (que, por cierto, vuelve a ostentar dicho cargo con el presidente Biden y que en su anterior etapa se hizo célebre, entre otras pruebas de fino talante diplomático, por habérsele podido grabar la expresión “¡Que le den a la UE!”). El caso es que a Yanukovich su oposición le costó la deposición. Pero a partir de aquel momento, y hasta los últimos meses, en que la OTAN ha vuelto a la carga (nunca mejor dicho), se dejó parado el asunto.

Pues bien, al gobierno de Rusia, según declaraciones de su presidente, Vladimir Putin, parece que, tras cinco oleadas de expansión de la OTAN hacia el Este, se le ha acabado la paciencia. Las sucesivas rondas de conversaciones para evitar que el conflicto se desborde han fracasado hasta el momento estrepitosamente. Que el gobierno ruso no va de farol cuando anuncia respuestas contundentes si la entrada de Ucrania en la OTAN se consuma es algo que viene avalado por la expedición militar rusa contra Georgia en 2008 (conocida como “guerra de los cinco días”), cuando este país, antigua república soviética miembro de la URSS, empezó a coquetear con la OTAN. El resultado para Georgia fue la pérdida de los territorios de Abjasia y Osetia del Sur.

En AIREs – La Izquierda contemplamos con gran preocupación la tensión existente y manifestamos nuestro más firme rechazo a la hipotética participación de tropas españolas de tierra, mar o aire en esta nueva aventura de la OTAN. Situaciones como la presente nos hacen dar la razón al 43% de los votantes españoles que en el referéndum de 1986 se pronunció en contra de la permanencia de España en la Alianza. Algún día nos tendrán que explicar ciertos políticos de este país conocidos por su fervor “atlantista” en qué beneficia, de qué le sirve a España la participación en la OTAN y el mantenimiento de bases aéreas y navales estadounidenses en nuestro territorio. ¿Nos sirve acaso para defender nuestros intereses en posibles conflictos con países limítrofes con los que de vez en cuando tenemos diferencias por motivos económicos o geoestratégicos? No parece que sea en absoluto el caso. En AIREs pensamos que la mejor garantía de mantener la paz a la vez que se defienden los intereses de nuestro país no es formar parte de organizaciones que hasta ahora sólo han servido para involucrarnos en confrontaciones lejanas y ajenas que han costado inútiles sacrificios de vidas. La manera de lograr el objetivo antes mencionado no es apostar por la diplomacia de las cañoneras, sino por la de los acuerdos económicos mutuamente beneficiosos, poseyendo, eso sí, la suficiente capacidad militar autónoma como para defendernos de las únicas agresiones que cabe estimar como posibles. Y entre éstas no está, ciertamente, la que nos pudiera venir de los territorios de la antigua Unión Soviética.

Grupo Promotor de AIREs – La Izquierda, 20 de enero de 2022

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